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✦ XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO — CICLO A ✦ El perdón sin límites

Perdonar sin límites como Dios nos perdona - Parroquia La Santísima  Trinidad (Málaga)

 ✦  VIGESIMOCUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO — CICLO A  ✦

El perdón sin límites

"No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete"

Sirácide 27,33–28,9     •     Romanos 14, 7–9     •     Mateo 18, 21–35

 

INTRODUCCIÓN

La pregunta de Pedro y la respuesta que nadie esperaba

Hermanos y hermanas: Peter nos hace hoy la pregunta que todos hemos pensado en algún momento de nuestra vida: "Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Hasta siete veces?" Siete, en la mentalidad judía de la época, era el número de la plenitud. Pedro cree que está siendo generoso —quizás incluso heroico— al proponer ese límite.

La respuesta de Jesús lo descoloca completamente: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete." No es aritmética —es teología. Jesús no está fijando un nuevo límite más alto. Está diciendo que el perdón cristiano no tiene límite.

Las tres lecturas de hoy construyen juntas una de las enseñanzas más radicales y más necesarias del Evangelio: el perdón no es un sentimiento que se produce espontáneamente ni una debilidad que se disculpa. Es una decisión que se toma, una disciplina que se practica y una participación en la misma lógica de Dios que nos ha perdonado infinitamente más de lo que nosotros tenemos que perdonar.

 

PRIMERA LECTURA

El Sirácide: el rencor que destruye al que lo guarda

 

"El rencoroso y el iracundo no tienen compasión de nada; el pecado del orgullo los perderá. Recuerda el fin y deja el odio, la corrupción y la muerte, y guarda los mandamientos. Recuerda la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa."

Sirácide 27, 30 – 28, 7 (selección)

 

🏺  CONTEXTO HISTÓRICO

El libro del Sirácide (también llamado Eclesiástico o Ben Sira) fue compuesto en hebreo por Jesús Ben Sira, un sabio de Jerusalén, hacia el año 180 a.C., durante el período helenístico, cuando la cultura griega ejercía una presión enorme sobre la identidad judía. La obra es una síntesis de la tradición sapiencial israelita (Proverbios, Job, Eclesiastés) con elementos de la filosofia helenística: el autor dialoga con el estoicismo y el epicureísmo desde la fe judía. El texto fue traducido al griego por el nieto del autor hacia el 132 a.C. —el único libro del Antiguo Testamento cuya historia de composición y traducción conocemos con precisión gracias al prólogo del traductor. El Sirácide es deuterocanónico: reconocido por la Iglesia Católica como canónico pero no incluido en el canon hebreo (se conoce como "apócrifo" en la tradición protestante). La sección sobre el perdón (27,30–28,9) es un poema sapiencial sobre las consecuencias del rencor, con una estructura concéntrica que coloca el perdón de Dios como fundamento del perdón humano. El exégeta Alexander Di Lella señala que "Ben Sira es el primer sabio judío que formula explícitamente la relación entre el perdón recibido de Dios y el perdón que debemos dar a los demás, anticipando la lógica del Padrenuestro".

 

El texto del Sirácide tiene una lucidez psicológica extraordinaria para su época. No argumenta contra el rencor desde la moral abstracta —lo hace desde la consecuencia real en quien lo guarda. "El rencoroso no tiene compasión de nada." El rencor endurece el corazón no solo hacia quien nos ha ofendido sino hacia todos. La amargura es un veneno que contamina todas las relaciones.

La filósofa Hannah Arendt, en su análisis de la condición humana, señala que "el descubrimiento del papel del perdón en el ámbito de los asuntos humanos fue el de Jesús de Nazaret. El punto crucial de su argumento es que los hombres son incapaces de perdonarse a sí mismos los daños que cometen, aunque puedan hacerlo entre ellos. El que perdona libera no solo al perdonado sino a sí mismo."[1]

El Sirácide termina con un argumento teológico que anticipa la parábola de Jesús: "Recuerda la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa." La memoria del perdón recibido —la alianza que Dios renovó con Israel a pesar de todas sus infidelidades— es el fundamento del perdón que debemos dar. No se perdona desde la fortaleza del que no necesita nada —se perdona desde la memoria de haber sido perdonado.

💭  PARA PENSAR

¿Hay alguien en tu vida a quien guardes rencor? No para juzgarte, sino para hacer el diagnóstico honesto que el Sirácide propone: ¿qué está haciendo ese rencor en ti? ¿Ha endurecido solo esa relación, o está contaminando otras? El rencor siempre cobra más de lo que promete.

 

SEGUNDA LECTURA

Pablo: ninguno vive para sí mismo

 

"Ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y de muertos."

Romanos 14, 7–9

 

📜  CONTEXTO HISTÓRICO

El capítulo 14 de Romanos forma parte de la sección sobre los "fuertes" y los "débiles" en la fe (14,1–15,13), uno de los conflictos más concretos que Pablo aborda en la carta. En la comunidad romana había miembros que consideraban ilícito comer carne ofrecida a los ídolos (los "débiles", probablemente judeo-cristianos rigoristas) y otros que lo consideraban indiferente (los "fuertes", probablemente gentiles convertidos con formación helenística). Pablo no toma partido doctrinal: llama a la mutua aceptación. El argumento con que lo fundamenta es cristológico: tanto los que observan como los que no observan, lo hacen "para el Señor". La señorío de Cristo sobre vivos y muertos —expresado con la fórmula "murió y resucitó" que probablemente cita un credo primitivo— relativiza todas las diferencias secundarias. El teólogo Douglas Moo observa que "el argumento de Pablo en 14,7–9 es la base más profunda de la ética del perdón: si Dios es el Señor de mi vida y de la vida del otro, yo no tengo la última palabra sobre él —ni sobre su culpa ni sobre su futuro".

 

La conexión de este texto con el perdón puede parecer indirecta, pero es profunda. Pablo está diciendo que ningún ser humano es punto de referencia último de sí mismo. Vivimos, actuamos, sufrimos y perdonamos —o no perdonamos— "para el Señor". Eso significa que cuando me niego a perdonar a alguien, estoy actuando como si mi juicio sobre esa persona fuera definitivo. Estoy usurpando el lugar de Dios.

El exégeta Joseph Fitzmyer comenta que "la frase de Pablo en 14,7 —ninguno vive para sí mismo— tiene implicaciones éticas que él no desarrolla explícitamente pero que son inevitables: si el cristiano no vive para sí mismo sino para el Señor, entonces todas sus relaciones —incluidas las relaciones de conflicto y ofensa— están bajo el señorío de Cristo. El perdón no es una opción facultativa: es la consecuencia lógica de reconocer que el otro también pertenece al Señor".[2]

Pablo añade algo que conecta directamente con la parábola del Evangelio: "Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y de muertos." El señorío de Cristo se extiende incluso sobre quien nos ha ofendido. La persona que me ha hecho daño no solo me pertenece a mí como acreedor de una deuda moral —también pertenece a Dios, que murió por ella. Eso cambia radicalmente la perspectiva desde la que puedo —o no— perdonarla.

💭  PARA PENSAR

Cuando piensas en la persona que más te ha herido en la vida, ¿puedes decir de ella que pertenece al Señor? No que sus acciones sean aceptables, sino que su persona está bajo el mismo señorío de Cristo que la tuya. Esa afirmación —si se toma en serio— cambia la dinámica del perdón.

 

EVANGELIO

Mateo: la parábola del deudor que no supo perdonar

 

"Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar el ajuste, le presentaron a uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran... El siervo se postró y le suplicó. El señor, compadeciéndose, lo soltó y le perdonó la deuda. Pero al salir, aquel siervo encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios..."

Mateo 18, 23–28 (selección)

 

🏛️  CONTEXTO HISTÓRICO

La parábola del siervo sin entrañas es exclusiva de Mateo y pertenece al discurso comunitario del capítulo 18, la misma unidad literaria que la corrección fraterna del domingo pasado. La cifra de los diez mil talentos (murioi talanta) no es hiperbólica al azar: diez mil era el numero mas grande usado en el sistema numerico griego (de ahi el termino "mirada"), y un talento equivalia a unos veinte anos de salario de un trabajador. El total seria literalmente impagable en varias vidas humanas. Por contraste, los cien denarios representaban el salario de cien jornadas de trabajo —una deuda real pero pagable. La desproporcion entre las dos deudas —calculada por exegetas como aproximadamente 600.000 a 1— es la clave teologica de la parabola: la deuda que Dios nos ha perdonado es infinitamente mayor que cualquier deuda que un ser humano pueda tener con nosotros. El exegeta Craig Keener senala que "la exageracion numerica es deliberada y pedagogica: Mateo quiere que el oyente sienta fisicamente la desproporcion, porque solo quien siente esa desproporcion puede entender lo absurdo de negarse a perdonar".

 

La estructura de la parábola es una obra maestra de pedagogía narrativa. Tiene tres escenas que se responden simétricamente:

DEUDA DEL SIERVO AL REY

💰

10.000 talentos

Equivalente a 200.000 años de salario. Literalmente impagable en ninguna vida humana.

DEUDA DEL COMPAÑERO AL SIERVO

🪙

100 denarios

Equivalente a 100 jornadas de trabajo. Una deuda real pero completamente pagable.

Nótense los detalles paralelos entre las dos escenas que el texto subraya deliberadamente: en ambas, el deudor "se postró y suplicó". Las mismas palabras, el mismo gesto. El narrador quiere que el oyente los equipare. La diferencia no está en el comportamiento del deudor —está en la respuesta de quien tiene el poder: el rey tiene compasión, el siervo no.

La exégeta Barbara Reid señala que "la parábola no describe solo dos tipos de personas —el perdonado que perdona y el perdonado que no perdona— sino dos cosmovisiones: la del que vive consciente de la deuda perdonada, y la del que ha olvidado que fue perdonado. El siervo sin entrañas no es un malvado extraordinario: es alguien que ha perdido la memoria del regalo que recibió".[3]

El final de la parábola incomoda: el rey entrega al siervo a los torturadores "hasta que pagara toda la deuda". Y Jesús añade: "Así os tratará mi Padre celestial si cada uno de vosotros no perdona a su hermano de corazón." Es una de las afirmaciones más duras de Jesús sobre el juicio. El perdón recibido no se atesora —se transmite. Quien lo retiene, lo pierde.

El teólogo N. T. Wright comenta que "Jesús no está amenazando con un Dios vengativo que castiga a los no perdonadores. Está describiendo una ley espiritual: el corazon que se cierra al perdon se cierra tambien al amor de Dios. No porque Dios lo expulse, sino porque la misma dureza que impide perdonar impide recibir el perdon. Son dos caras de la misma apertura o del mismo cierre".[4]

💭  PARA PENSAR

La parábola nos hace una pregunta difícil: ¿cuánto te acuerdas del perdón que has recibido? No solo el perdón de Dios en abstracto, sino los perdones concretos de personas que podrían haberte condenado y no lo hicieron. Ese recuerdo es el que cambia la capacidad de perdonar —no la fuerza de voluntad.

 

NÚCLEO DE LA HOMILÍA

El perdón como participación en la lógica de Dios

El Sirácide: perdonar porque recordamos la alianza — fuimos perdonados primero.  Pablo: perdonar porque el otro también pertenece al Señor — no soy juez definitivo de nadie.  Jesús: perdonar porque la deuda que nos han condonado es infinitamente mayor que cualquier deuda que debamos cobrar.  Las tres lecturas dicen lo mismo desde tres ángulos: el perdón no nace de la bondad del que perdona — nace de la memoria de quien ha sido perdonado.

Hay dos malentendidos frecuentes sobre el perdón que estas lecturas disuelven. El primero es que perdonar significa que lo que ocurrió no fue grave, o que hay que actuar como si no hubiera pasado. El perdón no niega la realidad del daño —lo reconoce plenamente. Lo que transforma es la actitud del que perdona: ya no se define por la herida recibida.

El segundo malentendido es que perdonar es "darle la razón" al otro o reconciliarse inmediatamente. Perdonar y reconciliarse son cosas distintas. El perdón es un acto interior que puede realizarse unilateralmente, incluso cuando la otra persona no lo pide. La reconciliación —restaurar la relación— requiere la participación de ambas partes y no siempre es posible ni sano. Se puede perdonar de corazón a alguien con quien no es prudente continuar una relación.

El psiquiatra Everett Worthington, que ha dedicado décadas al estudio científico del perdón, escribe que "la investigación muestra consistentemente que el perdón —entendido como la decision de dejar ir la amargura y el resentimiento— beneficia fundamentalmente a quien perdona: reduce la ansiedad, la depresión y la hostilidad, y mejora la salud cardiovascular. El perdón no es un lujo espiritual —es una necesidad psicológica".[5]

Las tres lecturas convergen en un punto: el perdón cristiano no nace del esfuerzo moral propio sino del contacto con la fuente de todo perdón. Quien ha experimentado el perdón de Dios —la deuda de diez mil talentos condonada— tiene un manantial del que beber cuando necesita perdonar las deudas de cien denarios de los demás.

 

PARA LA VIDA CONCRETA

Cuatro gestos para esta semana

I.  Haz el inventario del perdón recibido.  Antes de pensar en a quién tienes que perdonar, dedica un momento esta semana a recordar los perdones concretos que has recibido: de tus padres, de tu cónyuge, de amigos, de Dios en la experiencia de tu fe. Escríbelos si puedes. La memoria del perdón recibido es el combustible del perdón que tenemos que dar.

II.  Distingue perdón de reconciliación.  Si hay alguien a quien no has podido perdonar, pregúntate si confundes el perdón (un acto interior, unilateral) con la reconciliación (que requiere al otro). Puedes comenzar por el perdón interior —no por la llamada telefónica, no por actuar como si nada. Solo por la decisión interior de soltar la deuda. Ese es el primer paso.

III.  Recita el Padrenuestro despacio.  Esta semana, cuando reces el Padrenuestro, detente en "perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". No lo digas de corrido. Ponle cara a quien tienes que perdonar. Y deja que esa frase sea, por unos segundos, más oración que fórmula.

IV.  Si el rencor es muy profundo, busca ayuda.  Hay heridas que no se pueden perdonar solos —y no porque uno sea débil. Hay daños tan profundos que requieren acompañamiento: un director espiritual, un consejero, un proceso de sanación interior. Si llevas años cargando una herida que no has podido soltar, esta semana da el paso de buscar ese acompañamiento. El perdón a veces es un camino largo, y no hay que caminarlo solo.

 

ORACIÓN DE CIERRE

Señor Jesús, tú que dijiste "setenta veces siete" cuando Pedro creyó que siete era mucho: enséñanos a perdonar desde la memoria, no desde la fuerza de voluntad.  Que recordemos cada día la deuda de diez mil talentos que nos condonaste, para que la deuda de cien denarios de nuestros hermanos nos parezca lo que realmente es: algo que podemos soltar.  Y cuando la herida sea demasiado profunda para perdonar solos, acompáñanos en el camino hasta que podamos decir de corazón: "también él, también ella, pertenece al Señor." ✠  Amén.

 

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"Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden" — Mateo 6, 12

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